El toque Lubitsch: cine para inteligentes

Lo siento por los que se sientan excluidos, pero el cine no es para todo el mundo. Al igual que para ser médico, matemático, futbolista, etc, se necesitan ciertas cualidades específicas, para ver cine también. Y quien dice ver dice entender. Si bien el cine es una de las principales herramientas de entretenimiento para un vasto público alrededor de todo el mundo, la verdad es que no sirve solo para entretener (para eso ya tenemos la mayoría de los programas de televisión), sino que el cine, el buen cine, requiere una respuesta constante por parte del espectador. No vale con sentarse en la butaca y ver pasar las imágenes, poniendo la mente en blanco y dejándose llevar por el desarrollo de la historia. Ahora os preguntaréis, ¿cuál es esa cualidad imprescindible que requiere el cine? La inteligencia. Para poder entender ciertas películas se necesita ser inteligente, o al menos eso es lo que decía Ernst Lubitsch.

La segunda pregunta que algunos os estaréis haciendo es: ¿Quién era y por qué decía eso? Pues bien, Ernst Lubitsch (1892-1947), fue uno de los grandes directores del cine clásico, maestro de otros genios como Billy Wilder. Su carrera como director comenzó en el teatro, y continuó durante años en Alemania, donde dejó los primeros vestigios de su estilo, hasta que se trasladó a Estados Unidos, país que se convirtió en su hogar y donde alcanzó reconocimiento internacional, llegando a situarse en lo más alto del Hollywood de los años 40. Algunos de sus grandes éxitos fueron Ninotchka (1939), El bazar de las sorpresas (1940) o Ser o no ser (1942).

circa 1930: American film actress Carole Lombard (1908 - 1942) wearing a jacket with a leopard skin collar and cuffs, and holding a black cat on her lap.

Carole Lombard, protagonista de Ser o no ser | Flickr

Lo que hacía especial a este genio de la comedia era su estilo, que ha pasado a la posteridad con nombre propio: “El toque Lubitsch“. A pesar de haber pasado a ser tan famoso entre los amantes y/o entendidos del cine, y de haber sido imitado (o al menos objeto de intentos de imitación) por muchísimos directores posteriores, es uno de los términos cinematográficos más complicados de definir. Hasta el momento, ha sido imposible llegar a una definición exacta del término, ya que incluso hay quien dice que no se trata de algo concreto, sino de la personalidad del propio director, de su forma de trabajar y dirigir las películas, un modo de hacer las cosas que le hizo ser quien fue. Sin embargo, se puede explicar como un elemento que juega un papel clave en algunas escenas memorables del cine, en las que, el espectador es el encargado de inferir lo que está pasando, de averiguar qué hay detrás de lo que directamente se nos muestra en pantalla a través del diálogo o de los movimientos de cámara y personajes.

Y es que siempre hay algo detrás, siempre va más allá. Lubitsch desarrolló un humor sutil, irónico, finamente hilado, que no puede ser entendido por todos, sino solo por aquellos que sean capaces de apreciar la broma en su conjunto, ya que esta no es mostrada directa y totalmente (de ahí lo dicho en la introducción de esta entrada). Se trata de plantar la semilla para que luego sea el espectador el encargado de hacerla crecer, de entender lo que nos quiere decir. Es un humor que no produce carcajadas, sino que arranca sonrisas torcidas fruto del papel protagonista que juega el público en estas películas, ya que el director contaba de antemano con que la gente que las veía tenía la inteligencia suficiente para entender este toque. Sería lo más alejado al humor absurdo, a la broma fácil… Lo cual no quiere decir que los temas que trata sean necesariamente cultos o difíciles de entender, sino todo lo contrario: muchas de las situaciones expuestas en las películas de Lubitsch son de lo más cotidiano, banal, e incluso absurdas o surrealistas.

El toque del que hablo no solo se producía en las comedias, sino que todas sus películas jugaban también con un ambiente de erotismo sutil, reflejado en los papeles de las mujeres protagonistas, que hacía que todo el mundo entendiera las connotaciones eróticas de ciertas escenas, pero que, al mismo tiempo, los censores no tuvieran motivos para suprimirlas.

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James Stewart, protagonista de El bazar de las sorpresas | Flickr

Para entender todo esto es absolutamente necesario ver sus películas, especialmente las tres citadas más arriba, aunque solo sea por pura curiosidad, ya que ningún otro director ha conseguido llegar al nivel de Ernst Lubitsch. Algunos han conseguido, durante unos segundos de algunas escenas, conseguir reproducir ese toque buscado por todos, que puede suponer uno de los rasgos que diferencia a los buenos directores de los genios, pero no han sido capaces de alargarlo durante toda la producción, ya que, efectivamente, este toque formaba parte de la personalidad única de un director que, sin querer, convirtió su modus operandi en un paradigma del cine, a nivel mundial, y para la posteridad.

Realmente es una pena que muriera con tan solo 55 años, ya que privó al mundo de la posibilidad de contar con más obras cinematográficas ejemplares. Sin embargo, se fue sabiendo que su trabajo era reconocido, ya que sufrió una parada cardiaca mientras recogía un Oscar especial por su trabajo que fue un preludio del infarto que acabaría con él ocho meses más tarde. Tras su funeral, en palabras de dos de los grandes directores que aprendieron de él: “Se acabó Lubitsch”, dijo Billy Wilder. “Peor aún, se acabaron las películas de Lubitsch”, rspondió William Wyler.

Fuentes:

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