Noticia vs. ética, ¿Hasta dónde llegarías para entrar en portada?

Españoles, el sensacionalismo no ha muerto. En ocasiones podemos caer en el error de pensar que lo que prima en los medios de comunicación actuales a la hora de elegir sus titulares, sus fotos, sus informaciones, son los valores noticia como la actualidad, la novedad, la relevancia del hecho… Y ojalá fuera así siempre, pero no lo es. Es verdad que sucede en mayor medida en unos medios que en otros, pero la realidad es que  la prensa amarilla de los años 90 continúa siendo clave en nuestros tiempos.

Supongo que todos sabéis perfectamente a lo que me refiero, así que no voy a entrar a explicar qué es ni cómo y dónde se utiliza. Lo que sí quiero hacer en esta entrada es recalcar la importancia de las consecuencias que pueden llegar a tener dos técnicas de las más conocidas para conseguir que una noticia llegue a la primera página: provocar o inventar la noticia o mantenerla un tiempo excesivo. En esta ocasión, me voy a centrar en la segunda, y voy a utilizar uno de los clásicos cinematográficos de los años 50 para explicar claramente a qué me refiero. Este clásico es El gran carnaval.

Su título original es Ace in the hole y, dirigida por Billy Wilder (del que no será la última vez  que hable en este blog), se convirtió en uno de los mejores ejemplos para ilustrar el periodismo deshonesto y moralmente criticable que, desgraciadamente, se lleva a cabo, desde entonces, hasta nuestros días. Está basada en un hecho real sucedido en Kentucky en 1925, en el que un hombre llamado Floyd Collins murió atrapado en una cueva.

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Kirk Douglas (Tatum) hablando con Ray Teal (Sheriff) durante una escena de la película | Flickr

La historia contada en la película es la siguiente: Kirk Douglas encarna a un periodista llamado Charles Tatum que comienza a trabajar en el periódico local del pueblo de Albuquerque, en el Estado de Nuevo Méjico, donde vive a la espera de una gran noticia que le lleve al estrellato. Este periodista ve aparecer su oportunidad cuando Leo Minosa, un hombre de origen indio, queda atrapado en una mina debido a un derrumbe. El rescate, que en principio debería durar unas pocas horas, se alarga durante varios días gracias a la acción de Charles, quien se encarga de convencer al sheriff, a la esposa de Leo, y a todo el pueblo, de que la mejor solución es plantear el rescate  desde la cima de la mina, aún sabiendo que este proceso podría durar tanto tiempo que el atrapado no llegara a salir con vida. De esta manera, conocemos al periodista sin escrúpulos y ciego por la ambición que es Tatum, que, por supuesto, cubre la noticia día y noche en directo, dando a conocer el acontecimiento por todos los Estados Unidos. Sin embargo, él no es el único que se beneficia de la agonía del indio: el sheriff aprovecha el repentino impulso mediático de la zona para hacer campaña para salir reelegido, visitantes de todo el país llegan con sus caravanas para establecer negocios, e incluso Lorraine, la mujer de Leo, se olvida de lo que está sucediendo para centrarse en atender su bar, que va mejor que nunca por la cantidad de turistas que acuden en masa a observar el lugar de los hechos, todos ellos, en definitiva, creando un verdadero carnaval, ajenos al sufrimiento y el horror que vive el verdadero protagonista de la historia.

Además de su gran valor desde el punto de vista del lenguaje audiovisual, y a pesar de no ser la primera ni la última película de Wilder en la que el tema principal es el periodismo, el largometraje destaca por hacer una dura crítica sin precedentes a la profesión. Sin embargo, su valor no fue reconocido hasta mucho más adelante. De hecho, fue un absoluto fracaso comercial en Estados Unidos. Se le calificó de antiamericana y se dijo que iba en contra de los lectores de los periódicos. No fue aceptada por el público ni por los críticos, alguno llegando incluso a decir que Billy Wilder debía ser deportado y que la versión mostrada del periodista era absurda. La posición estadounidense contrasta claramente con la europea, donde recibió grandes elogios y fue un éxito en taquilla.

No creo que haya nadie que tras haber visto esta joya del cine, o una versión posterior de ella, dirigida por Álex de la Iglesia con el título de La chispa de la vida, no se haya visto obligado a reflexionar acerca de las atrocidades que se han llevado a cabo a lo largo de los años para conseguir fama, no solo en el mundo del periodismo, sino en cualquier ámbito profesional. No sorprende que en su época sufriera el rechazo que sufrió, ya que, de algún modo, los espectadores se sentían identificados con esos personajes carentes de ética, absorbidos por una necesidad morbosa de observar las desgracias de los demás y sin capacidad de autocrítica, ya que, como dijo el propio Billy Wilder, es la gente quien alimenta el sensacionalismo de la prensa, y a nadie le gusta ir al cine para enterarse de que es un tipo miserable.

Fuentes:

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