África en nuestra memoria casi 30 años después

“Yo tenía una casa en África, al pie de las colinas del Ngong” es una frase que automáticamente nos lleva a lo más profundo de la sabana africana, sin importar si alguna vez has estado allí en persona o no, y es que el cine, entre otras muchas cosas, nos ayuda y enseña a viajar, nos transporta a lugares lejanos, a los destinos de nuestros sueños, aunque también, muchas veces, a los más oscuros y desagradables escenarios. Este último, sin embargo, no es el caso de Memorias de África (1985), una de las grandes obras maestras de Sydney Pollack y uno de los productos cinematográficos que mejor describe el paisaje africano, tanto textual como visualmente.

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Carátula del DVD de la película | Whizzers’s Place

Protagonizada por Meryl Streep y Robert Redford, la película está basada en la vida y obra de la autora danesa Isak Dinesen, seudónimo utilizado por la baronesa Karen Blixen-Flecke para publicar una serie de libros en los que contó su experiencia vivida durante los años que pasó en Kenia. El relato comienza cuando Karen Blixen contrae un matrimonio de conveniencia con el barón  Bor Blixen-Flecke (Klaus Maria Brandauer), con quien se asienta en Nairobi para dirigir una plantación. Durante su estancia, solitaria debido a las idas y venidas constantes de su mujeriego marido, Karen se enamora del cazador Denys Finch-Hatton, encarnado por un Robert Redford al que le sienta considerablemente bien el papel de galán. En base a esta relación surge una producción poética, pero a la vez dura que se convirtió en ganadora de tres Globos de Oro y siete Oscar, incluyendo las categorías de mejor película y mejor director.

El largometraje, insertado en los inicios de la Primera Guerra Mundial, se centra en contar la historia de amor entre Karen y Denys más que de ocuparse de un tema bastante más complejo como es el colonialismo, que es tratado incluso de una forma un tanto fría, lo que le ha valido alguna crítica por ser excesivamente “blanda” y “edulcorada” en comparación con los testimonios de la Karen Blixen real, en cuyos relatos se centró más en describir las relaciones que estableció con el pueblo africano y, especialmente, la tribu masai.

Sin embargo,la reputación que ha alcanzado la obra, que en 2016 cumplirá 30 años, es merecida, en parte por el enorme esfuerzo que realizó Meryl Streep al adaptarse al acento danés que requería su personaje y cuyo aprendizaje supuso, según ella, uno de los trabajos más difíciles realizados en toda su carrera; por una banda sonora que pasó a la historia y que se ha alojado de forma permanente en la mente del público, independientemente de si han visto la película o no y que, de hecho, consiguió un Oscar; y por la excelente fotografía del continente africano, realizada por David Watkin (a quien también le valió un Oscar), que refleja con extremo cuidado los colores y la luz de un territorio que a partir de entonces se insertó en el mapa del cine y que ha sido objeto de multitud de intentos de reproducir su belleza inmensurable a través del ojo de la cámara.

Fuentes:

El cine de los fracasados

No nos gustan los finales felices. Nos encantan. Estamos más que acostumbrados a una estructura cinematográfica con introducción, nudo y desenlace en la que en realidad da exactamente igual lo que nos cuenten durante los primeros 60 minutos, el conflicto que se presente, porque en el fondo sabemos que, pase lo que pase, todo se solucionará, el protagonista conseguirá salir de todos los líos en los que se haya metido y nosotros nos podremos ir tranquilos a casa, sin necesidad de tener que pensar en lo que hemos visto. Ese es el cine que triunfa, el que nos ofrece mucho entretenimiento y poca reflexión. El cine fácil. Todo lo contrario al cine de Robert Rossen.

¿Os suena ese nombre, Robert Rossen? No. ¿Por qué? Porque su cine era el cine de los fracasados. Y no me refiero al público que acudía a ver sus películas, sino a las historias que contaba, protagonizadas siempre por personajes cuyo destino no era la felicidad, sino la amargura, la autodestrucción, y en definitiva, el fracaso. Historias donde no destacaba el héroe, sino el perdedor. Ese es el caso de El buscavidas.

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El actor Paul Newman | Flickr

El Buscavidas, o The Hustler (1961) cuenta la trágica historia de Eddie “Relámpago” Felson, interpretado por un Paul Newman que realiza uno de sus más extraordinarios trabajos. Felson es un hábil y prepotente jugador de billar que se gana la vida estafando a los principiantes por todas las salas de billar de Estados Unidos, con un objetivo: jugar la partida definitiva, en la cual quiere derrotar al billarista más famoso del país, “El Gordo de Minnesota” (Jackie Gleason), que lleva diez años sin perder. Tiene la habilidad suficiente para conseguirlo, sin embargo, su actitud derrotista y la falta de confianza en sí mismo hacen que pierda el primer asalto. Tras este primer fracaso, conoce a Sarah (Piper Laurie), una chica problemática de la que se enamorará y quien podría suponer la salvación para el hundido genio del billar. A partir de entonces comienza un camino hacia el fracaso, acelerado por el personaje de Bert Gordon (George C. Scott), un oportunista sin escrúpulos que no duda en acercarse a Eddie para aprovecharse de él, ofreciéndole una asociación que tiene por objetivo vencer al Gordo y ganar dinero, al mismo tiempo que le asegura, con aires de superioridad, que ha nacido para perder. Aunque inicialmente Eddie la rechaza, su obsesión por ganar esa partida termina haciendo que firme un pacto con el diablo que desembocará en un trágico final, que, si bien conseguirá que Felson gane en el billar, también terminará con la vida de única persona que podía cambiar la suya.

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La actriz Piper Laurie | Flickr

La dramática historia es contada con un estilo sobrio y unos diálogos sobrecogedores, dejando ver, en cada escena, la personalidad de un hombre totalmente roto por dentro, vacío y conflictivo, cegado por sus aspiraciones, y dejándose llevar por su lado de ganador frustrado, ya que, al fin y al cabo, ve en esa gran partida la oportunidad de demostrarse a sí mismo y a los demás que no es el perdedor que todos creen. Una actitud que, finalmente, le conduce a cumplir su sueño, demostrando, sin embargo, una vez más, que lo importante no es alcanzar un objetivo, sino hasta dónde estás dispuesto a llegar para conseguirlo.

Es, a fin de cuentas, la cruda realidad con la que el espectador no quiere toparse cuando va al cine.

Fuentes:

 

El toque Lubitsch: cine para inteligentes

Lo siento por los que se sientan excluidos, pero el cine no es para todo el mundo. Al igual que para ser médico, matemático, futbolista, etc, se necesitan ciertas cualidades específicas, para ver cine también. Y quien dice ver dice entender. Si bien el cine es una de las principales herramientas de entretenimiento para un vasto público alrededor de todo el mundo, la verdad es que no sirve solo para entretener (para eso ya tenemos la mayoría de los programas de televisión), sino que el cine, el buen cine, requiere una respuesta constante por parte del espectador. No vale con sentarse en la butaca y ver pasar las imágenes, poniendo la mente en blanco y dejándose llevar por el desarrollo de la historia. Ahora os preguntaréis, ¿cuál es esa cualidad imprescindible que requiere el cine? La inteligencia. Para poder entender ciertas películas se necesita ser inteligente, o al menos eso es lo que decía Ernst Lubitsch.

La segunda pregunta que algunos os estaréis haciendo es: ¿Quién era y por qué decía eso? Pues bien, Ernst Lubitsch (1892-1947), fue uno de los grandes directores del cine clásico, maestro de otros genios como Billy Wilder. Su carrera como director comenzó en el teatro, y continuó durante años en Alemania, donde dejó los primeros vestigios de su estilo, hasta que se trasladó a Estados Unidos, país que se convirtió en su hogar y donde alcanzó reconocimiento internacional, llegando a situarse en lo más alto del Hollywood de los años 40. Algunos de sus grandes éxitos fueron Ninotchka (1939), El bazar de las sorpresas (1940) o Ser o no ser (1942).

circa 1930: American film actress Carole Lombard (1908 - 1942) wearing a jacket with a leopard skin collar and cuffs, and holding a black cat on her lap.

Carole Lombard, protagonista de Ser o no ser | Flickr

Lo que hacía especial a este genio de la comedia era su estilo, que ha pasado a la posteridad con nombre propio: “El toque Lubitsch“. A pesar de haber pasado a ser tan famoso entre los amantes y/o entendidos del cine, y de haber sido imitado (o al menos objeto de intentos de imitación) por muchísimos directores posteriores, es uno de los términos cinematográficos más complicados de definir. Hasta el momento, ha sido imposible llegar a una definición exacta del término, ya que incluso hay quien dice que no se trata de algo concreto, sino de la personalidad del propio director, de su forma de trabajar y dirigir las películas, un modo de hacer las cosas que le hizo ser quien fue. Sin embargo, se puede explicar como un elemento que juega un papel clave en algunas escenas memorables del cine, en las que, el espectador es el encargado de inferir lo que está pasando, de averiguar qué hay detrás de lo que directamente se nos muestra en pantalla a través del diálogo o de los movimientos de cámara y personajes.

Y es que siempre hay algo detrás, siempre va más allá. Lubitsch desarrolló un humor sutil, irónico, finamente hilado, que no puede ser entendido por todos, sino solo por aquellos que sean capaces de apreciar la broma en su conjunto, ya que esta no es mostrada directa y totalmente (de ahí lo dicho en la introducción de esta entrada). Se trata de plantar la semilla para que luego sea el espectador el encargado de hacerla crecer, de entender lo que nos quiere decir. Es un humor que no produce carcajadas, sino que arranca sonrisas torcidas fruto del papel protagonista que juega el público en estas películas, ya que el director contaba de antemano con que la gente que las veía tenía la inteligencia suficiente para entender este toque. Sería lo más alejado al humor absurdo, a la broma fácil… Lo cual no quiere decir que los temas que trata sean necesariamente cultos o difíciles de entender, sino todo lo contrario: muchas de las situaciones expuestas en las películas de Lubitsch son de lo más cotidiano, banal, e incluso absurdas o surrealistas.

El toque del que hablo no solo se producía en las comedias, sino que todas sus películas jugaban también con un ambiente de erotismo sutil, reflejado en los papeles de las mujeres protagonistas, que hacía que todo el mundo entendiera las connotaciones eróticas de ciertas escenas, pero que, al mismo tiempo, los censores no tuvieran motivos para suprimirlas.

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James Stewart, protagonista de El bazar de las sorpresas | Flickr

Para entender todo esto es absolutamente necesario ver sus películas, especialmente las tres citadas más arriba, aunque solo sea por pura curiosidad, ya que ningún otro director ha conseguido llegar al nivel de Ernst Lubitsch. Algunos han conseguido, durante unos segundos de algunas escenas, conseguir reproducir ese toque buscado por todos, que puede suponer uno de los rasgos que diferencia a los buenos directores de los genios, pero no han sido capaces de alargarlo durante toda la producción, ya que, efectivamente, este toque formaba parte de la personalidad única de un director que, sin querer, convirtió su modus operandi en un paradigma del cine, a nivel mundial, y para la posteridad.

Realmente es una pena que muriera con tan solo 55 años, ya que privó al mundo de la posibilidad de contar con más obras cinematográficas ejemplares. Sin embargo, se fue sabiendo que su trabajo era reconocido, ya que sufrió una parada cardiaca mientras recogía un Oscar especial por su trabajo que fue un preludio del infarto que acabaría con él ocho meses más tarde. Tras su funeral, en palabras de dos de los grandes directores que aprendieron de él: “Se acabó Lubitsch”, dijo Billy Wilder. “Peor aún, se acabaron las películas de Lubitsch”, rspondió William Wyler.

Fuentes:

Noticia vs. ética, ¿Hasta dónde llegarías para entrar en portada?

Españoles, el sensacionalismo no ha muerto. En ocasiones podemos caer en el error de pensar que lo que prima en los medios de comunicación actuales a la hora de elegir sus titulares, sus fotos, sus informaciones, son los valores noticia como la actualidad, la novedad, la relevancia del hecho… Y ojalá fuera así siempre, pero no lo es. Es verdad que sucede en mayor medida en unos medios que en otros, pero la realidad es que  la prensa amarilla de los años 90 continúa siendo clave en nuestros tiempos.

Supongo que todos sabéis perfectamente a lo que me refiero, así que no voy a entrar a explicar qué es ni cómo y dónde se utiliza. Lo que sí quiero hacer en esta entrada es recalcar la importancia de las consecuencias que pueden llegar a tener dos técnicas de las más conocidas para conseguir que una noticia llegue a la primera página: provocar o inventar la noticia o mantenerla un tiempo excesivo. En esta ocasión, me voy a centrar en la segunda, y voy a utilizar uno de los clásicos cinematográficos de los años 50 para explicar claramente a qué me refiero. Este clásico es El gran carnaval.

Su título original es Ace in the hole y, dirigida por Billy Wilder (del que no será la última vez  que hable en este blog), se convirtió en uno de los mejores ejemplos para ilustrar el periodismo deshonesto y moralmente criticable que, desgraciadamente, se lleva a cabo, desde entonces, hasta nuestros días. Está basada en un hecho real sucedido en Kentucky en 1925, en el que un hombre llamado Floyd Collins murió atrapado en una cueva.

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Kirk Douglas (Tatum) hablando con Ray Teal (Sheriff) durante una escena de la película | Flickr

La historia contada en la película es la siguiente: Kirk Douglas encarna a un periodista llamado Charles Tatum que comienza a trabajar en el periódico local del pueblo de Albuquerque, en el Estado de Nuevo Méjico, donde vive a la espera de una gran noticia que le lleve al estrellato. Este periodista ve aparecer su oportunidad cuando Leo Minosa, un hombre de origen indio, queda atrapado en una mina debido a un derrumbe. El rescate, que en principio debería durar unas pocas horas, se alarga durante varios días gracias a la acción de Charles, quien se encarga de convencer al sheriff, a la esposa de Leo, y a todo el pueblo, de que la mejor solución es plantear el rescate  desde la cima de la mina, aún sabiendo que este proceso podría durar tanto tiempo que el atrapado no llegara a salir con vida. De esta manera, conocemos al periodista sin escrúpulos y ciego por la ambición que es Tatum, que, por supuesto, cubre la noticia día y noche en directo, dando a conocer el acontecimiento por todos los Estados Unidos. Sin embargo, él no es el único que se beneficia de la agonía del indio: el sheriff aprovecha el repentino impulso mediático de la zona para hacer campaña para salir reelegido, visitantes de todo el país llegan con sus caravanas para establecer negocios, e incluso Lorraine, la mujer de Leo, se olvida de lo que está sucediendo para centrarse en atender su bar, que va mejor que nunca por la cantidad de turistas que acuden en masa a observar el lugar de los hechos, todos ellos, en definitiva, creando un verdadero carnaval, ajenos al sufrimiento y el horror que vive el verdadero protagonista de la historia.

Además de su gran valor desde el punto de vista del lenguaje audiovisual, y a pesar de no ser la primera ni la última película de Wilder en la que el tema principal es el periodismo, el largometraje destaca por hacer una dura crítica sin precedentes a la profesión. Sin embargo, su valor no fue reconocido hasta mucho más adelante. De hecho, fue un absoluto fracaso comercial en Estados Unidos. Se le calificó de antiamericana y se dijo que iba en contra de los lectores de los periódicos. No fue aceptada por el público ni por los críticos, alguno llegando incluso a decir que Billy Wilder debía ser deportado y que la versión mostrada del periodista era absurda. La posición estadounidense contrasta claramente con la europea, donde recibió grandes elogios y fue un éxito en taquilla.

No creo que haya nadie que tras haber visto esta joya del cine, o una versión posterior de ella, dirigida por Álex de la Iglesia con el título de La chispa de la vida, no se haya visto obligado a reflexionar acerca de las atrocidades que se han llevado a cabo a lo largo de los años para conseguir fama, no solo en el mundo del periodismo, sino en cualquier ámbito profesional. No sorprende que en su época sufriera el rechazo que sufrió, ya que, de algún modo, los espectadores se sentían identificados con esos personajes carentes de ética, absorbidos por una necesidad morbosa de observar las desgracias de los demás y sin capacidad de autocrítica, ya que, como dijo el propio Billy Wilder, es la gente quien alimenta el sensacionalismo de la prensa, y a nadie le gusta ir al cine para enterarse de que es un tipo miserable.

Fuentes: